Hace algunos días me preguntaron: ¿cómo perder el miedo a ser leída? Respondí dos cosas. La primera, casi automática: que hay que hacer las cosas con miedo, sobre todo cuando una es una cuerpa históricamente oprimida, porque ahí escribir no es solo un gesto expresivo, es una responsabilidad política. La segunda, citando a la actriz Jemima Kirke, quien dijo en una historia de Instagram: “ustedes a veces piensan demasiado en ustedes mismas”.

Sin embargo, esa respuesta no me dejó tranquila.

Había algo ahí que no cerraba del todo, o peor: que cerraba demasiado fácil. 

Porque a mí me encanta escribir. Las letras han sido siempre mi forma de habitar el mundo: un lugar para comunicar, incomodar, preguntar, enseñar, conmover. Para mí, todo es posible en la escritura. Y así como me gusta escribir, también me gusta hablar —I converse like a motherfucker—; sin embargo, las veces que he aparecido en video en casi diez años en redes sociales, las puedo contar con los dedos de las manos. Frecuentemente, en mis historias aparezco disfrazada de gato. Y las pocas veces que he mostrado mi cara, me he encargado de borrar las evidencias.

La pregunta se desplazó hacia mi misma. ¿cómo perder el miedo, mi miedo a ser vista? 

Porque ser vista implica ser interpretada, juzgada, señalada; implica también la posibilidad de la burla en una cosa como internet que, nos guste o no, es para siempre. Y ahí, lo político deja de ser una consigna y se vuelve una experiencia material: el cuerpo expuesto, disponible para la mirada, para el comentario, para la corrección, para la gestión necropolítica que es tan cruel y tan cercana en una cuerpa como la mía. 

Honestamente y a manera de confesión, yo lo he intentado. Existe, de hecho, una serie sobre reggaetón donde hablo de mis músicas favoritas y de lo profundamente político del género. Pero siempre hay un momento muy preciso antes de aparecer, no es todavía la acción, pero tampoco es la duda. Es un instante suspendido: la mano sobre el botón de publicar, la mirada que me refleja la pantalla del teléfono, la respiración que se corta apenas.

Y cuando la duda entra, no entra como pensamiento, entra como un peso político, un límite impostergable y hago lo que muchas hacemos: me retiro. Hago otra cosa. Me digo, otro día será. 

Ese instante tiene una textura específica.

Aries vive ahí. En ese impulso primero, en esa urgencia de empezar sin mediaciones, como si el mundo todavía no hubiera respondido. Aries irrumpe, es el gesto que se adelanta a la consecuencia. Sin embargo, cuando el impulso ya no es limpio, está atravesado por una memoria que no siempre es visible y profundamente corporal. Hay cuerpos que quieren avanzar, sí, pero han aprendido a calcular millones de consecuencias antes de moverse. Y ahí, en ese constreñimiento de la voluntad misma, está Saturno. 

Cuando hablamos del tránsito de Saturno por Aries, no estamos hablando simplemente de “restricción”, sino de una reorganización de la experiencia. Saturno, como cronocrator1, no sólo marca el paso de los años: introduce densidad, hace que el tiempo pese, trae consigo historia, consecuencia, materialidad. Aries, en cambio, como signo cardinal de fuego, no piensa abre el tiempo, es un inicio puro, un impulso vital, el fuego del principio. 

Un vistazo tradicional del maléfico Saturno, introduce condiciones difíciles: enfría, separa, contrae, detiene. No lo hace para castigar, sino porque su naturaleza es esa, la de hacer evidente el peso de la realidad y cuando esa cualidad entra en Aries, se tensiona la acción y/o la posibilidad misma de iniciarla sin conciencia de sus consecuencias. El impulso deja de existir con la fuerza del fuego y no basta con querer, pide sostener, hay que responder, hay que habitar lo que se abre. 

El tránsito convierte el miedo en la columna vertebral de la acción, como una respuesta corporal a la fricción entre el deseo de moverse y la conciencia de que moverse implica riesgo, pérdida, exposición, o en mi caso, ser juzgada, fiscalizada o incluso cancelada. El miedo, en este contexto, no es lo opuesto al impulso, sino su sombra inevitable cuando el tiempo entra en la ecuación, porque Saturno transita por Aries para obligarlo a reconocerse como algo que quema, que deja marca, que transforma y ese reconocimiento, profundamente somático, es lo que muchas veces experimentamos como parálisis, como duda, como esa sensación de estar a punto de hacer algo y no poder.

En otra línea de reflexión, y aquí es donde quiero desplazar un poco la lectura, propongo pensar a Saturno no solo como restricción, sino como una fuerza de domesticación: una tecnología que produce cuerpos gobernables. Saturno no se limita a imponer límites; organiza, condiciona y regula lo que se vuelve tolerable, pero, sobre todo, establece bajo qué condiciones algo puede existir sin sanción. Lo que introduce en Aries no es únicamente una pausa sobre el impulso, sino una arquitectura corporal que administra el riesgo, una forma de anticipar la consecuencia y de entrenar al cuerpo para que internalice esos cálculos hasta volverlos propios. El miedo, entonces, deja de ser una reacción espontánea y empieza a operar como un dispositivo político: no surge libremente del cuerpo, sino que ha sido producido, afinado y repetido hasta convertirse en una forma de gobierno interior. No solo limita la acción; la preconfigura.

Y es que, esa interpretación del tránsito es una  traducción política que se vuelve concreta cuando atraviesa la corporalidad: no es neutral, no es universal, no opera igual sobre todos los cuerpos, en palabras de Audre Lorde, “para perpetuarse, toda opresión debe corromper o distorsionar esas fuentes de poder dentro de la cultura de los oprimidos que pueden proveer energía para el cambio”2. 

El cuerpo no es solo un lugar de experiencia del impulso iniciador de Aries, sino el espacio donde esa distorsión se inscribe, donde el archivo vivo de la experiencia es modulado, administrado y, finalmente, domesticado. Y en ese proceso, el miedo cumple una función precisa: se presenta como prudencia, como preparación, como sensatez, cuando muchas veces no es más que una forma sofisticada de censura encarnada. No opera ya como prohibición directa, sino como corrección y optimización, como un discurso de responsabilidad que parece emerger desde adentro, pero que ha sido aprendido. “Todavía no estoy lista”, “me falta más”, “cuando esté mejor, aparezco” no son simplemente inseguridad ni autocensura, sino el síntoma de un sistema que hace pasar la restricción por decisión propia, la opresión por autocuidado y el silenciamiento por madurez. Saturno, en su forma más eficiente, no necesita detenerte; solo necesita que confundas el miedo con criterio… y que te detengas sola.

En este contexto, el problema nunca ha sido el miedo en sí mismo. El problema es la arquitectura que lo produce y la eficacia con la que logra disfrazarse de virtud. La forma en que ese miedo ha sido históricamente cultivado para operar como un mecanismo de selección: hay cuerpos que pueden irrumpir sin consecuencias y hay otros que deben anticiparlas todas antes de moverse. Saturno en Aries, desde esta lectura, no crea el miedo; lo sistematiza, lo convierte en método, lo instala como la cruel condición previa para existir.

Entonces la pregunta deja de ser simplemente cómo actuar, y se vuelve más incómoda: ¿qué parte de mi miedo es mío y qué parte ha sido cuidadosamente cultivada para que yo no cruce ciertos límites? ¿Qué versión de mí misma es la que espera estar “lista”? ¿Lista para quién? ¿Bajo qué condiciones? ¿Cuándo una estructura sostiene y cuándo domestica? Porque sí, Saturno también puede dar forma, duración, continuidad. Pero en Aries, y sobre ciertos cuerpos, esa forma muchas veces se convierte en corsé que aprieta hasta ahogar. y pues cerramos con la más importante, ¿cómo transitar el paso de Saturno en su caída los próximos casi tres años? 

En astrología decolonial, Alice Sparkly Kat observa a Saturno, no solo como gestor del límite, sino como participante activo en la definición de la realidad misma que no solo obedece reglas, sino que las produce y las sostiene. Si esto es así, el problema deja de poder pensarse únicamente en términos de restricción, porque con Saturno en Aries no es solo un freno sobre la acción, es también una de las formas en que esa realidad se organiza y se mantiene. Cada vez que el cuerpo anticipa la sanción y se contiene, no solo se protege: también colabora, sin quererlo, en la estabilización de aquello que lo hizo temer.

Pero ahí mismo aparece la contra.

Porque si Saturno participa en definir la realidad, esa definición nunca es total. No cierra el campo de lo posible y según Alice, aquello que se organiza también puede ser desorganizado, no desde afuera, sino desde los mismos cuerpos que lo encarnan. Y eso implica una reconfiguración que puede ser retadora: dejar de pensar el miedo únicamente como límite y empezar a reconocerlo como un terreno de disputa.

Esto no es una acción individual, todo lo contrario, nos llama al reconocimiento colectivo de que el poder -Saturno- se vuelve eficiente precisamente porque ya no necesita imponerse todo el tiempo, sino que lo integramos en la cotidianidad, y esos límites son en muchos momentos una censura que compramos como propia.  Y una vez el miedo se instala como criterio, como prudencia, como sensatez,  el cuerpo aprende a administrarse solo. Pero esa misma interiorización es también el punto de fuga: porque lo que fue aprendido puede, aunque sea parcialmente, ser interrumpido.

¿La salida? No es simplemente “atrévete” ni “espera más” porque ambas siguen operando dentro de la misma lógica. Se necesita una práctica situada, incómoda, sostenida en el tiempo, no de negación del miedo, sino desde la desobediencia relativa, que insiste, que interrumpe, aunque sea por segundos, el circuito de la domesticación.

Escribir ese poema, publicar ese video, decirle a alguien que le amas, decir que no, aceptar esa salida, no borrar las evidencias, sostener la mirada un poco más de lo que el cuerpo cree que puede, no porque el miedo desaparezca, porque Saturno sigue y seguirá estando ahí, sino porque deja de ser incuestionable.

Y eso, aunque parezca mínimo, tiene consecuencias.

Sí, el miedo también ayuda a sostener la realidad, como Saturno mismo, tiene el peso, pero entonces cada gesto que no obedece completamente no es solo una acción individual, es una alteración en ese orden, una fisura.

Y ahí, en esa fisura, en ese gesto que no estaba autorizado, en esa aparición que no pidió permiso, algo empieza, no limpio, no seguro, no perfecto.

Empieza.

 

Referencias:

  1. El término cronocrator proviene del griego khronokratōr (“gobernante del tiempo”) y en la astrología helenística se utiliza para referirse a los planetas que rigen periodos de tiempo y marcan ciclos vitales. Saturno es considerado el cronocrator por excelencia porque introduce duración, límite y materialidad en la experiencia del tiempo.
  2. Brennan, C. (2017). Hellenistic astrology: The study of fate and fortune. Amor Fati Publications.
  3. Lorde, A. (1984). Sister outsider: Essays and speeches. Crossing Press.