Me encontré un día de mayo del 2025 riéndome muy fuerte cuando la vida cacheteó mi ego porque ese día entendí el propósito de sentir vergüenza: ser capaz de ver nuestra sombra, y es curioso porque entre más edad tenemos, el ego herido nos recuerda que es fácil volver a ser un adolescente perdido. 

La autoexigencia, el perfeccionismo, la superioridad, el creer que siempre tenemos la razón es indiscutiblemente el inicio del final del ego. Creer que podemos con todo y mejor aún: que nadie nos tiene que ayudar, es el escenario ideal para que Saturno, el planeta de los límites y las grandes lecciones, se sienta muy bienvenido en nuestros días. 

Ahora que Saturno entró de forma definitiva en Aries -del 13 de febrero hasta el 12 de abril de 2028- podremos decidir si estamos del lado del liderazgo sano y del ego que nos ayuda a construirnos, o si por el contrario, retaremos al universo con arrogancia e impaciencia. Esa será nuestra gran elección y precisamente tendremos plena autonomía porque el chiste será ese: hacernos cargo -como demanda la energía Aries-. 

Lo que hemos aprendido del ego y de Saturno -un planeta muy fuerte en términos de poner a prueba la esencia de cada uno- es que entre más pensamos que tenemos la verdad de algo, más nos llegan situaciones que nos obligan a replantearlo todo.

Muchos hablamos del ego porque aprendimos a construirlo desde las grandes inseguridades -error-, pero también porque hemos tenido que aceptar en voz alta que actuamos mal -acierto-, que nos equivocamos y que nuestros fracasos han sido lo suficientemente visibles para bajar la voz mientras aceptamos que la edad no siempre es sinónimo de experiencia y capacidad.

Saturno viene a decirle a nuestra identidad que sin estructura no hay chispa que valga, que la impulsividad funciona siempre y cuando midamos también el riesgo, que lanzarse es útil si planeamos y entendemos el proceso. 

Al sentirme menospreciada por mi propio ego y por aquello que me ha hecho experimentar lo insignificante, he aprendido la verdad de encontrar y reconocer el valor del otro, y Saturno en Aries, vendrá para que resignifiquemos el poder, la visibilidad y el reconocimiento: no como una fuente de camino al egocentrismo violento, sino como aquel que guía solo para otorgarle luz a otros. 

¿Por qué, qué es el liderazgo sino la capacidad de iluminar el sendero para otros? Saturno en Aries es un llamado a dejar de escalar para sentirse poderoso o destacable, vendrá a limpiar falsos líderes, egos sin propósito y por sobretodo: estará encantado de explicarnos que la identidad es mucho más que el cómo nos proyectamos en nuestros más dulces sueños. Vendrá a decirnos: ¿quién eres en realidad?

Será el verdadero: aterriza y deja de evadir tus propias responsabilidades. Nos exigirá madurez en todo lo que supuestamente nos define y sí, saldremos quizá mejores, más auténticos. Pasaremos por el fuego de Saturno, no sin antes permitirnos echar a la hoguera las partes más falsas de cada uno, las máscaras, los superpoderes que nos hemos inventado para sobrevivir entre la cultura y la sociedad misma. Pero especialmente nos dará la oportunidad única de valorar nuestro fuego interior, para que nos quitemos las capas y dejemos que otros nos vean realmente. 

Solo entonces entenderemos que el propósito de un planeta maléfico como lo es Saturno, no es otro que purificarnos y mostrarnos de qué estamos hechos; tengo que admitir que me parece poético que sea en Aries, su signo de caída y en donde no se sienta para nada cómodo, que podamos aprovechar el regalo de reencontrarnos con quién realmente somos: con nuestras luchas, nuestros miedos, nuestras cualidades y nuestra humanidad.

Con este planeta, se inicia un ciclo completamente nuevo, y por eso, deberíamos darnos el chance de no solo cambiar lo propio, sino de valorar y abrazar el cambio en los otros, porque al final el logro mayor es que podamos aprender que la verdadera energía Aries no compite porque sí con los demás, sino que se reta a sí misma a ser su mejor versión mientras al mismo tiempo celebra el fuego de sus oponentes, que en todo caso son igual de dignos, igual de merecedores y comparte la experiencia más compleja del ser humano: la vida misma.